-¡Ya
empezamos!-dije con algo de sueño.
Rafa
me calzó en sus delgados pies, y sentí el ligero movimiento al
andar. Se recorrió la casa varias veces, hasta que por fin descansé
porque Rafa tenía que desayunar. Y... porque no decirlo... al cabo
del tiempo salimos a la calle. Llegamos al colegio y después
terminamos por montarnos en el autobús.
Pero
lo peor estaba por llegar; después del viaje en el que estuve
descansando, llegó la hora de caminar. Al principio íbamos a paso
ligero, pero luego la calor empezaba a acusar mis suelas, es decir,
aunque todo era bonito y civilizado, mis suelas cada vez se sentían
más en un desierto que en Córdoba, debido al calor. Varias veces
pensé, que ojalá Rafa hubiera echado unos zapatos de repuesto en la
mochila. Pero gracias a Dios entramos en la Mezquita, un lugar
maravilloso donde dos culturas muy distintas se mezclan, formando una
genialidad de la historia y que hasta yo, unos zapatos, la admiro. Ya
cuando salimos afuera, y estábamos comiendo, conseguí entablar una
conversación con una mosca que andaba por allí. Se posó en en mí,
y luego empezamos a hablar:
-¿Todos
los días hace tanta calor aquí?- pregunté después de presentarme.
-Casi
todos- dijo la mosca secándose el sudor de la frente.
De
repente Rafa se levantó y fuimos a la judería a comprar y dar un
paseo, pero a mí me empezaban a flojear las suelas. Mientras tanto
comencé a hablar con la mosca sobre Córdoba. Finalmente pasamos por
un puente romano, en el que a cada paso que daba me fundía. Al final
cuando nos íbamos a montar en el autobús intenté convencer a la
mosca que me había acompañado durante casi todo el viaje, para que
se viniera, pero ella me contestó:

ok
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